martes, 8 de abril de 2014

125 aniversario de la Torre Eiffel




Leonard Freed / Magnum Photos. París Durante el 100 aniversario de la torre Eiffel, 1989. © Elliott Erwitt / Magnum Photos.


¿Cuál es la primera imagen que viene a nuestra mente cuando pensamos en París? sin duda muchos diríamos que la Torre Eiffel. La enorme estructura de hierro puleado alcanza una altura de 324 metros (357,50 metros teniendo en cuenta la antena que corona la estructura), domina el cielo parisino y, desde su inauguración en marzo de 1889, es un hito arquitectónico más de la capital francesa y foto obligada de todo turista que la visite.


La arquitectura de hierro y cristal, como se ha dado en llamar, es un indicio de novedad a mediados del siglo XIX que huye de los estilos historicistas del pasado. El nuevo sentido de beleza debe reflejar las aspiraciones del ueblo, el destinado al disfrute del edificio. En París empiezan a proliferar las grandes estaciones de tren o magníficas bibliotecas reflejo del optimismo robusto y satisfecho en el que vivía la sociedad. Futo de ese optimismo, en Londres surgió la primera exposición de materias primas y productos técnicos en 1851 con obras tan emblemáticas como el conocido Crystal Palace de Joseph Paxton.


 Primer boceto de la torre presentado el 6 de junio de 1884 por Maurice Koechlin y Émile Nouguier (izquierda) y proyecto revisado por Stephen Sauvestres y presentado a competición en 1887.

En Francia Gustave Eiffel realizó su famosa torre para la Exposicón Universal de París de 1889, que conmemoraba el centenario de la Revolución Francesa. Se presentaron más de 700 propuestas, siendo elegida la de Eiffel, aunque no estuvo exenta de poléica como veremos más adelante. Su embergadura hizo que fuera la estructura más alta del mundo hasa 1930, año en que se inauguró el Edificio Chrysler de Nueva York. Con un peso de 7300 toneladas, las cifras de su construcción resultan sobrecogedoras para una obra de finales del siglo XIX: 300 operarios trabajaron durante más de dos años en su construcción, se emplearon 18.083 de piezas de hierro, 2,5 millones de remaches y 50 toneladas de pintura. Cada 7 años la torre recibe una nueva capa de pintura para proteger su estructura de la correosión. La torre consta de tres plataformas, situándose en la segunda un restaurante, y en la superior una tienda de recuerdos, un bar y la oficina restaurada de Gustave Eiffel. Desde luego todas estas cifras resultan mareantes pero ¿podemos considerar esta obra como auténticamente bella? ¿Cuál fue la recepción de la misma hace 125 años?

 

Cartel de la Exposición Universal de París de 1889.

Como explica Umberto Eco (Historia de la belleza) la belleza artística de finales del XIX se expresa a través de todos y cada uno de los materiales de construción, no hay material que no se convierta en un objeto de arte de nueva creación. El hierro y el cristal son los nuevos materiales, y los ingenieros los grandes artífices, pero pronto surge en Inglaterra el sentimiento de aversión entre los teóricos apegados a un retorno a los modos artesanales de la Edad Media (Pugin, Calyle) y al neogótico (Ruskin, Morris).

Desde la presentación de su proyecto Eiffel tuvo que enfrentarse a las críticas no sólo de los matemáticos, que dudaban de la viabilidad de una torre superior a los 228 metros de altura, sino también de parte de los intelectuales de la capital apegados a las formas clásicas:

"Nosotros, escritores, pintores, escultores, arquitectos, apasionados aficionados por la bellezza de París hasta ahora intacta, venimos a protestar con todas nuestras fuerzas, con toda nuestra indignación, en nombre del gusto francés anónimo, en nombre del arte y de la historia francesa amenazadas, contra la erección en pleno corazón de nuestra capital, de la inútil y monstruosa torre Eiffel, a la que la picaresca pública, a menudo poseedora de sentido común y espíritu de justicia, ya ha bautizado con el nombre de Torre de Babel." Primer párrafo de la carta Los artistas contra la Torre Eiffel, dirigida al Sr. Alphand, comisario de la Exposición. Le Temps 14 de febrero de 1887. Firmada por Guy de Maupassant, Charles Gounod, Victorien Sardou, Charles Garnier, François Coppée, Sully Prudhomme, Leconte de Lisle, William Bouguereau, Alexandre Dumas (hijo), Ernest MMeissonier, Joris-Karl Huysmans y Paul Verlaine. 


Imagen de París desde Notre Dame en diciembre de 2005.

Esta carta de los intelectuales franceses tuvo su respuesta por parte del ingeniero Eiffel en Le Monde donde expone de manera ordenada los argumentos a favor de su proyecto por su importancia, bellezza y utilidad. Eiffel, como ingeniero que se siente vejado por la aparente superioridad que muestran los intelectuales, utiliza los conocídos términos del arquitecto y teórico romano Vitruvio (dignitas, utilitas y venustas) para defenderse. Desde luego su carta transmite su ofensa y profundo malestar: Eiffel está orgulloso de ser ingeniero, y no va a permitir que cuestionen su trabajo ni el avance social.


(izq) Adolf Hitler y el estado mayor de la Wehrmacht desfilan frente a la torre en junio de 1940, al comienzo de la ocupación alemana de Francia. (der.) Soldados aliados observan cómo la bandera tricolor francesa es colocada en la torre durante la Liberación de París.

Una de sus reflexiones más interesantes plantea una de los condicionantes que siempre han determinado la consideración de una obra de arte: el tamíz del tiempo. Eiffel, a modo de advertencia, plantea a sus detractores lo siguiente: "Y cuando la torre haya sido construida y sea mirada como algo bello e interesante, ¿los artistas no lamentarán el haber tomado partido tan rápido y tan a la ligera haciendo esta campaña? Que esperen a haberlo visto para hacerse una idea precisa y poder juzgarla." (respuesta de Gustave Eiffel en Le Monde, 1887). Desde luego el tiempo ha dado la razón a Eiffel.

La Torre de los 330 metros, como era conocida a finales del XIX, refleja las aspiraciones sociales del pueblo a través de un modelo de belleza inundado de espíritu social, de la idea del progreso y la funcionalidad. Entre los argumentos de Eiffel para la defensa de su estructura se encuentra su utilidad para astrónomos, físicos, como antena de comunicaciones e incluso como punto de referencia y vigilancia en caso de conflicto armado, y otorga al pueblo el derecho a decidir si su obra es bella o no. Es la idea de que la belleza debe reflejar una función social.

Robert Delaunay, La Tour Eiffel et Jardin du Champ de Mars, 1922, óleo sobre lienzo, Hirshhorn Museum and Sculpture Garden, Washington D.C.


La nueva idea de belleza de finales de siglo XIX se aleja de edificios historicistas como la ópera de París diseñada por Garnier (uno de los firmantes de la carta de protesta) abriendo paso a la pujanza de la ciencia, la industria y el comercio. Un reflejo de las promesas del progreso que caracterizaba al positivismo decimonónico.

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