domingo, 11 de mayo de 2014

San Plácido





San Placido, en la calle del Pez esquina con San Roque, es una de esas pequeñas joyas de la capital que he descubierto hace relativamente poco. Sabía de su existencia, pero no podía imaginar que se encontraba a menos de diez minutos de mi casa.





Fue fundado por Doña Teresa Valle de la Cerda en 1623, hija de Don Luis, Contador mayor del Consejo de  Cruzada, con la protección del Rey Felipe IV y con la ayuda prestada por el Arzobispo de Santiago, Don Luis Fernández de Córdoba. Es conocido popularmente como San Plácido al estar construido junto a la iglesia del mismo nombre, aunque en realidad es el monasterio de religiosas de San Benito, en el que Doña Teresa ingresaría en 1624.

Interior de la Iglesia de San Plácido.


En la sacristía de este convento se custodiaba una de las obras maestras de Velázquez, que hoy disfrutamos en el Prado, su famoso Cristo. Aunque este dato no es ni mucho menos el más curioso de éste lugar. Me refiero a una leyenda que se propagó en época de Felipe IV cuando se decía que el Rey estaba enamorado de una monja llamada Margarita, y cómo tras su muerte, cada vez que sonaban las campanas del reloj se imitaba el toque de difuntos en memoria de la monja.

La realidad de esta leyenda es que el Rey Felipe IV era un mujeriego, le gustaba cortejar a las mujeres y era bastante enamoradizo. Su compañero en estas andanzas era el caballero Jerónimo de Villanueva, un docto amigo del Rey e igualmente pendenciero. Ambos disfrutaban de la hermosura de las monjas de clausura que pasaban su vida encerradas en San Benito.

Daba la casualidad de que Don Jerónimo era patrón del convento y sus puertas se le abrían con facilidad. Por si fuera poco, conocía las entradas secretas a las habitaciones de clausura, lo que simplificaba en gran medida el acceso al disfrute carnal con las "pobres" monjitas. No es mi intención convertir un recinto sagrado en un lupanar pero, todo hay que decirlo, la leyenda (junto con otras que incluyen al Conde Duque de Olivares y a la hermana de la fundadora Doña Juana) ha llegado hasta nuestros días y en vuestras manos os dejo la opción de tomarla como verdad o no.

Volviendo a las cuestiones artísticas, mencionaba unos párrafos antes la presencia del magnífico Cristo de Velázquez. Muchos de vosotros recordaréis el extenso poema que Miguel de Unamuno dedicó a ésta obra, a otros les parecerá un Cristo más sin nada reseñar, pero sin duda es uno de los grandes lienzos del maestro sevillano. 

Diego Velázquez,  Cristo crucificado, hacia 1632, óleo sobre lienzo, Museo Nacional del Prado.

El historiador y director del Prado Alfonso Pérez Sánchez, aprecia cómo Velázquez trabaja la figura de Cristo como si se tratase más bien de una escultura, que paradójicamente produce la impresión de un cuerpo real, vivo o recién muerto, sereno y de una belleza delicada. En palabras de Pérez Sánchez, el pintor rehuye tanto de la grandiosidad hercúlea al modo miguelangelesco, que usaron tantos otros artistas, como de la acumulación dramática de sangre y magulladuras de otros o de la tradición gótica. Solo se advierten unos tenues hilillos de sangre, que manan de manos y pies y resbalan por la madera de la cruz, la del costado apenas sugerida y la de la corona de espinas que salpica de toques muy ligeros la frente, la boca y la parte superior del pecho. 

Además de ser una de las más conocidas y eficaces imágenes de devoción española copiada y reproducida mil veces, está ligada a una de las leyendas que ccomentábamos anteriormente. Felipe IV intentó seducir a una joven novicia, frustrado por la decisión de la joven de fingirse muerta en su celda con flores y cirios junto a su ataúd. Pérez Sánchez nos dice que el Cristo sería prueba del arrepentimiento del rey y prenda de su penitencia. Otras hipótesis más recientes sitúan el encargo   en el amigo del rey Don Jerónimo de Villanueva como desagravio por las injurias que había recibido un crucifijo en casa de unos judíos alrededor de 1630. 


Claudio Coello, La Anunciación, hacia 1668, Iglesia de San Plácido, Madrid. Esta tabla central muestra el sentido fastuoso y escenográfico de Coello, su gusto por las composiciones dinámicas y el colorido brillante.

Gregorio Fernández, Cristo Yaciente, hacia 1615, escultura en madera policromada, Iglesia de San Plácido, Madrid.

El lienzo de Velázquez no es ni mucho menos la única obra destacable, pues en el altar mayor se encuentra la Anunciación, el Nacimiento y la Epifanía del famoso pintor madrileño Claudio Coello; y si nos adentramos en la capilla del sepulcro, podemos admirar los frescos de Ricci y la imagen del Cristo yaciente de Gregorio Hernández; por último, destacar las hermosas efigies en hornacinas de San Ildefonso, San Bernardo, San Ruperto y San Anselmo obra de Manuel Pereira (autor también de los relieves de la fachada principal).   

Bibliografía.

VELASCO ZAZO,Antonio. Recintos sagrados de Madrid . Ediciones la Librería, Madrid, 2003.

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